A L∴ G∴D∴G∴A∴D∴U∴  

Por la Fraternidad, la Concordia y la Paz entre los Pueblos 

Unión Masónica Mundial  

DISCURSO EN EL CONGRESO INTERNACIONAL G3 

Iași, agosto de 2026 

Ilustrísimos Grandes Maestros, 

Autoridades masónicas, 

Queridas Hermanas, queridos Hermanos, 

distinguidos invitados llegados de numerosas naciones del mundo: 

Tomar hoy la palabra aquí, en Iași, ante esta extraordinaria asamblea,  representa para mí un gran honor, pero, sobre todo, una gran  responsabilidad. 

Lo hago en mi calidad de cofundador y copresidente de la Confederación  Internacional G3, junto a mis queridos Hermanos Richard Marty y  George Petrescu. 

A Richard Marty deseo expresar mi más sincero reconocimiento por su  experiencia, por su visión internacional y por la constancia con la que  ha contribuido al nacimiento y al crecimiento de este proyecto. 

A George Petrescu dirijo mi fraternal agradecimiento por su  compromiso, por su capacidad organizativa y por haber hecho posible  este gran encuentro en la ciudad de Iași. 

Los tres procedemos de experiencias, países y trayectorias diferentes.  Pero desde el principio hemos compartido una misma convicción: la  Masonería de nuestro tiempo no puede limitarse a contemplar el  pasado. Debe tener el valor de interrogar al presente y contribuir a la  construcción del futuro. 

El G3 nació de esta conciencia. 

No nació para añadir una nueva sigla a las muchas que ya existen en el  panorama masónico internacional. No nació para crear otra estructura 

de poder, ni para alimentar competencias, rivalidades o pretensiones de  superioridad. 

El G3 nació para unir. 

Nació para construir puentes allí donde otros levantan muros. Nació  para acercar Oriente y Occidente, para favorecer el encuentro entre  culturas, tradiciones y sensibilidades diferentes, con la convicción de  que la diversidad no representa una amenaza, sino una riqueza. 

Nuestro proyecto nace de la voluntad de devolver a la palabra  “fraternidad” su significado más profundo. 

Una fraternidad que no sea solamente ritual. Una fraternidad que no  termine cuando se cierran las puertas del Templo. Una fraternidad  capaz de transformarse en diálogo, cooperación, solidaridad y acción  concreta al servicio de la humanidad. 

Queridas Hermanas y queridos Hermanos: 

Vivimos tiempos difíciles. 

El mundo parece dividirse nuevamente en bloques enfrentados. Se  multiplican las guerras, las tensiones, las amenazas y las  incomprensiones entre los pueblos. El miedo se utiliza con frecuencia  como instrumento de gobierno, mientras que el lenguaje de la paz  parece cada vez más débil y marginal. 

Se habla continuamente de seguridad, pero con demasiada frecuencia  la seguridad se identifica únicamente con la fuerza militar, con los  armamentos y con la capacidad de destruir. 

Debemos tener el valor de afirmar que una civilización no es  verdaderamente fuerte cuando posee las armas más poderosas. Es  fuerte cuando logra evitar que esas armas tengan que ser utilizadas. 

No podemos seguir llamando “inversiones en seguridad” a aquello que,  despojado de las fórmulas diplomáticas y de los eufemismos, significa  muchas veces invertir en la capacidad de matar de manera más rápida  y eficaz. 

La paz no puede considerarse una utopía reservada a los soñadores. 

La paz es una necesidad política, económica, moral y espiritual. Es la  condición indispensable para que la humanidad pueda seguir  existiendo. 

Pero la paz no es solamente ausencia de guerra.

No existe verdadera paz donde hay hambre, injusticia, humillación,  explotación y negación de la dignidad humana. No existe paz cuando un  pueblo construye su bienestar sobre el sufrimiento de otro. No existe  paz cuando la verdad es sacrificada a la propaganda y el ser humano  queda reducido a un instrumento en manos del poder. 

La paz debe fundarse en la justicia, en el respeto recíproco y en el  reconocimiento del derecho de cada pueblo a vivir de acuerdo con su  propia historia, su propia cultura y su propia dignidad. 

Esta debe ser nuestra Suprema Lex. 

La ley superior que guía nuestro trabajo no puede ser el interés de una  parte, sino el bien de la humanidad. 

Y es precisamente aquí donde la Masonería está llamada a interrogarse  sobre su propio papel. 

¿Podemos seguir celebrando antiguos rituales, custodiando símbolos y  hablando de Luz, mientras fuera de nuestros Templos el mundo queda  envuelto en las tinieblas del odio? 

¿Podemos llamarnos Hermanos y permanecer indiferentes ante el  sufrimiento de millones de seres humanos? 

¿Podemos hablar de la edificación del Templo si no somos capaces de  construir al menos un puente entre dos personas, dos comunidades o  dos naciones en conflicto? 

El trabajo iniciático no puede reducirse a una experiencia individual. La  transformación interior debe producir consecuencias exteriores. 

Las piedras que pulimos somos nosotros mismos, pero el Templo que  construimos no está destinado únicamente a nosotros. 

Es el Templo de la Humanidad. 

Ser iniciado no significa poseer una verdad superior a la de los demás. Significa asumir una responsabilidad mayor. 

Significa aprender a escuchar antes de juzgar. Comprender antes de  condenar. Unir lo que está disperso. Reconstruir lo que ha sido  destruido. Llevar la Luz no como instrumento de superioridad, sino  como servicio. 

La Masonería no debe sustituir a los gobiernos, a las instituciones ni a  las organizaciones internacionales. Pero puede crear espacios de diálogo  en los que personas pertenecientes a naciones diferentes puedan  encontrarse sin prejuicios.

Puede construir relaciones cuando la política interrumpe los vínculos.  Puede mantener abiertos los canales del diálogo cuando otros los  cierran. Puede recordar que detrás de cada bandera, de cada frontera y  de cada uniforme existe siempre un ser humano. 

Este Congreso es una prueba concreta de ello. 

Aquí, en Iași, Hermanos y Hermanas procedentes de distintos países se  encuentran no para establecer quién es superior, sino para conocerse.  No para imponer una visión única, sino para buscar aquello que puede  ser compartido. 

El G3 quiere ser precisamente esto: una casa común, abierta e  inclusiva; una red internacional de conciencias libres; un puente entre  continentes, culturas y tradiciones masónicas. 

No pedimos a nadie que renuncie a su propia identidad. 

Al contrario, creemos que una auténtica unidad puede nacer  únicamente del respeto a las diferencias. 

La uniformidad borra las identidades; la fraternidad las armoniza. 

Nuestra tarea no consiste en pensar todos de la misma manera, sino en  aprender a caminar juntos conservando la libertad de nuestras ideas. 

Queridas Hermanas y queridos Hermanos: 

De este Congreso no debe quedar únicamente el recuerdo de una gran  manifestación. 

Debe nacer un compromiso concreto. 

El compromiso de hacer estable el diálogo entre nuestras Obediencias  Masónicas. De crear iniciativas comunes en favor de la paz, la cultura y  la solidaridad. De involucrar a los jóvenes, para que no hereden  solamente nuestros miedos y nuestros conflictos, sino también el valor  de imaginar un mundo diferente. 

Debemos pasar de las declaraciones a las obras. 

La fraternidad debe convertirse en presencia. 

La tolerancia debe convertirse en escucha. 

La paz debe convertirse en proyecto. 

Ninguno de nosotros, por sí solo, puede cambiar el destino del mundo.  Pero cada uno de nosotros puede impedir que el odio conquiste otro  corazón. Puede abrir una puerta. Puede evitar una división. Puede  transformar a un adversario en un interlocutor.

Toda gran construcción comienza con la colocación de una primera  piedra. 

El G3 es una de esas piedras. 

No sabemos hasta dónde llegará la obra que hemos iniciado. Pero  sabemos por qué la hemos iniciado: porque creemos que ningún pueblo  puede salvarse contra los demás. 

Solo podemos salvarnos juntos. 

Hagamos, por tanto, del G3 un instrumento vivo de reconciliación,  cooperación y paz. 

Hagamos de él una voz libre, capaz de hablar cuando el silencio se  convierte en complicidad. 

Hagamos del G3 un puente entre Oriente y Occidente y un testimonio  concreto de que la diversidad de los pueblos puede transformarse en  armonía. 

Y recordemos siempre que la verdadera grandeza de la Masonería no se  mide por el número de sus miembros, por la solemnidad de sus títulos  ni por la riqueza de sus Templos. 

Se mide por el bien que es capaz de realizar en el mundo. Allí donde un ser humano se reconcilia con otro, nosotros construimos. Allí donde una división es superada, nosotros construimos. 

Allí donde los pueblos eligen el diálogo en lugar de las armas, nosotros  construimos. 

Y allí donde los seres humanos construyen la paz, la Masonería levanta  el Templo de la Humanidad. 

Viva la fraternidad universal. 

Viva la Confederación Internacional G3. 

Viva la paz entre todos los pueblos de la Tierra. 

Gracias. 

Filippo Gammicchia 

Copresidente de la Confederación Internacional G3 

Vicepresidente de la Unión Masónica Mundial U∴M∴M∴

Por umm33

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